René Lavand tiene dos manos que son pura ilusión: la derecha, amputada a raíz de un accidente de tránsito cuando tenía nueve años, se mantiene tras el engaño de una prótesis, y la izquierda, indescifrable, oculta tras los divertimentos mágicos que nadie, sino alguien como él, podría si acaso desvelar.

A sus ochenta y tres, sin embargo, ya no cabe duda de que Lavand nació predestinado a no tener par. Natural de las calles de Buenos Aires, pero radicado con su familia desde muy joven en la Tandilia, Argentina, su vértice, cruzó todas las fronteras reales e imaginarias que se propuso hasta convertirse en una de las leyendas del ilusionismo mundial.

Con una sola mano y un solo mazo de cartas, su equipaje es ligero y superado en toneladas por el de otros, como David Copperfield, quien ha sido uno de sus espectadores. El mago más famoso del mundo no pudo más que halagar con genuino asombro la maravillosa simpleza de su obra.

Antes de partir a una nueva gira por España, Lavand me recibe en el jardín de su casa junto a Nora, una maestra tandilense con quien comparte la vida desde hace treinta años, los más felices. Sin esfuerzo se cruzan mensajes ininteligibles con la mirada y aún así alcanza a percibirse que ella vigila en todo momento que él esté cómodo: bien podría haber eyectores instalados en las sillas de las visitas que se activan con un solo pestañeo.

Difícil hablar con un colombiano y no empezar por mencionar que nuestro país ayudó a templarle el carácter. De las muchas presentaciones, recuerda una para un grupo de empresarios de Cali. Lo instalaron en el Hotel Intercontinental y caída la noche pasaron a buscarlo para ir a una finca comparable a una matrioska, pero invertida, porque de la primera casa se pasaba a otra más grande, y a otra, y a otra más. La última era como un hotel enorme. Al ingresar terminó de entender por qué tantas armas largas y las caras kilométricas de los demás artistas que habían sido convocados, posiblemente como él, con dinero que fluye y verdades que se quedan a medias.

En el ambiente flotaba el olor de la última cena y se escuchaban las risas fingidas de modelos despampanantes, actores y un cómico que pasó de primero al patíbulo. Aunque lo intentó, no logró hacer retumbar más que su propia carcajada, la última, y lo sacaron casi a rastras del escenario. Lavand fue el siguiente y si bien terminó con decoro, para él hubo un reto más: ir a la habitación del “Ajedrecista”, Gilberto Rodríguez Orejuela, quien lo esperaba para una presentación personal. Las modelos hacían una orgía para el capo, algo que suponía una lucha desigual por su atención, pero aún así logró mantenerlo de narices en sus 35 gramos, de cartas. “Si ya estás en el baile, hay que bailar”, afirma.

René Lavand también pudo escapar al “mago enmascarado”, el que por un puñado de dólares reveló hace un tiempo los secretos mejor guardados de sus colegas ante millones de televidentes, y advierto que la razón es el lugar donde se ubica su arte: en la máxima imposibilidad. Aquí no se trata del qué, sino del cuándo. Él, como la muerte, ha encontrado el modo de nublarle la vista a cualquier curioso impertinente.


Réne Lavand hace su truco más famoso, llamado “no-se-puede-hacer-más-lento”.

No es mago, tampoco prestidigitador. “Eso son los de los bancos”, dice, y se refiere el truco de magia más cotidiano, cuando alguien retira su dinero por ventanilla y se cree capaz de contar billetes a la par que las habilidosas manos del cajero, quien sí sabe que su rapidez supera al ojo del cliente y en ocasiones, por qué no, se cobra por una tonta pero efectiva habilidad para la trampa. Lavand es todo lo contrario. Es “lentidigitador”, término que acuñó para poder definirse a sí mismo.

El ritmo –como la música, que ha sido su inspiración y su maestra– llena el inmenso vacío de su mano ausente. Administra las pausas con una mirada azul, casi transparente, y “por los misterios de la sinestesia” puede deslizar sobre el paño, por ejemplo, una poesía o un adagio convertidos en un perfecto juego de cartas. Un sinestésico, vale aclarar, vive su vida naturalmente bajo efectos similares a los del LSD o los hongos alucinógenos.

Para llegar a las tablas, Lavand primero tuvo que pasar por las calles y por las mesas de juego que frecuentaba al tiempo que era empleado del Banco Nación, a donde fue a parar para sortear las crisis económicas que se acumulaban desde la niñez. “Cuando vi que me podía convertir en jugador de ventaja, lo dejé”. Prefirió lidiar con paciencia su trabajo a exprimir incautos, hasta 1961, año en que ganó su primer concurso de magia y de a poco se abrirían las puertas para llegar a los shows de Ed Sullivan y Johnny Carson, en Estados Unidos, con sendas presentaciones televisivas que serían el inicio de su larga carrera internacional.


Réne Lavand en su casa de Tandil, Argentina.

Antonio Lavandera murió cuando René tenía dieciocho años, sin alcanzar a vislumbrar el lugar que ocuparía su único hijo. “Ya no recuerdo cómo hice para aprender a jugar a las cartas con una sola mano, pero sí que mi papá no podía mirarme”. Le costaría verlo mutilado librando una guerra contra su propia siniestra, pero sí lo autorizó desde un comienzo a romperle la cara al primero que le dijera manco de mierda.

La historia de Lavand no es comparable a los quince minutos de fama de cualquier artista, sino al vuelo de la mariposa luego de que logra abandonar la crisálida al final. Fueron años de ensayo y error, hasta sangrar, para poder dedicarse a recoger su siembra, rodeado de sus hijos y ahora de sus nietos. “Hace poco fui a comprar trajes nuevos. Sé que con los que tengo me alcanzan para llegar bien vestido al último día, pero hay que seguir proyectándose”.

No todo el que va a su casa puede verlo actuar. Él saca sus cartas, o no, y anticipa que no lo hará con una psicoanalista que, seguro, quiere darse el lujo de venir a psicoanalizarlo a estas alturas. Para mi suerte, Lavand ahora se siente a gusto y Nora trae una botella de Malbec. Presenciamos no-se-puede-hacer-más-lento, uno de sus divertimentos más famosos. Como público dos somos poco, así que se figura una sala llena. “Así me siento mejor”, dice. Le gusta una frase del maestro del tango Virgilio Expósito: “Jamás perdurarán los poemas de los bebedores de agua”, y la repite tranquilo porque está seguro de que no es su caso.

Agradecimiento

Cabañas El Almacén de Sueños, Tandil, Provincia de Buenos Aires. www.almacentandil.com.ar

FUENTE: Kienyke.com escrito por María Paula Navas Alarcón